Julia Kratje

Investigadora
Doctora por la Universidad de Buenos Aires. Su investigación sobre cine y feminismo, financiada por el CONICET, está radicada en el Instituto de Investigaciones en Estudios de Género de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Se desempeña como profesora en el grado y en el posgrado en diferentes universidades y casas de estudio. Es autora de Al margen del tiempo. Deseos, ritmos y atmósferas en el cine argentino (Eudeba, 2019), compiladora de Espejos oblicuos. Cinco miradas sobre feminismo y cine contemporáneo (La cebra, 2020), El asombro y la audacia. El cine de María Luisa Bemberg (INCAA, 2020), De cuerpo entero. Debates feministas y campo cultural en Argentina 1960-1980 (Waldhuter, 2021) y ReFocus. The films of Lucrecia Martel (Edinburgh University Press, 2022). Participa en proyectos de investigación sobre cine, música y feminismos contemporáneos, y colabora en el sitio de crítica Con los ojos abiertos. Entre 2018 y 2020, presidió la Asociación Argentina de Estudios sobre Cine y Audiovisual.

Como esas figuras acrobáticas de la semiología salvaje que practica Roland Barthes, las películas fragmentan y despliegan un discurso amoroso. Voy a ensayar, entonces, una paráfrasis:
A todo lo largo de la vida cinéfila las películas surgen en la cabeza del sujeto espectador sin ningún orden, puesto que dependen en cada caso de un azar (interior o exterior). En cada uno de estos incidentes (lo que vemos, lo que nos mira), les espectadores extraemos de la reserva (el tesoro, el archivo) de películas, según las necesidades, las exhortaciones o los placeres de su imaginario. Cada figura estalla, vibra sola como un sonido separado de toda melodía, o se repite, hasta la saciedad, como el motivo de una música dominante. Ninguna lógica liga las películas ni determina su contigüidad: a veces, las películas están fuera de todo canon, fuera de todo relato historiográfico; son Erinias: se agitan, se esquivan, se apaciguan, vuelven, se alejan, sin más orden que un vuelo de mosquitos. El dis-cursus Cinéfilx no es dialéctico; gira como un calendario perpetuo, como una enciclopedia de la cultura afectiva.
Es principio mismo de este discurso (y del listado que lo representa) que sus películas no puedan alinearse: ordenarse, progresar, concurrir a un fin (a un propósito preestablecido): no hay en él primeras ni últimas. Para dar a entender que no se trataba aquí de una historia de cinefilia (o de la historia de una cinefilia), para desalentar la tentación de la jerarquización, era necesario elegir un orden absolutamente insignificante. Se ha sometido pues la sucesión de películas (inevitable, ya que el listado está obligado, estatutariamente, a la progresión) a dos arbitrariedades conjugadas: la de la designación (título, autoría, año) y la del alfabeto.